Los amos del deseo nsfw


El crepúsculo pintaba el cielo de tonos púrpura y naranja mientras Isabella, con su vestido de seda rojo carmesí que resaltaba sus curvas, esperaba en el salón principal. La mansión, un laberinto de habitaciones suntuosas y pasillos silenciosos, era el escenario de sus encuentros prohibidos. Ella era la amante, y ellos, sus amos: Alessandro, el poderoso empresario con una mirada que quemaba, y Marco, el artista atormentado con manos que acariciaban el alma.

La primera en llegar fue Alessandro. Su presencia llenaba la habitación, el aroma a cuero y tabaco inundando el aire. La miró con deseo palpable.

"Isabella," dijo con su voz grave, "te he extrañado."

Sin mediar palabra, la tomó en sus brazos y la besó con una urgencia que la hizo temblar. La llevó hasta el diván de terciopelo y, con movimientos hábiles, desabrochó el vestido, revelando su piel nacarada bajo la tenue luz de las velas. Sus manos recorrían cada centímetro de su cuerpo, despertando una necesidad imperiosa. El beso se profundizó, la lengua explorando cada rincón de su boca, mientras sus cuerpos se entrelazaban en una danza de pasión desmedida.

Poco después, Marco hizo su aparición. Su mirada era más intensa, más introspectiva. Se acercó a ellos lentamente, observando la escena con una mezcla de deseo y admiración.

"Alessandro," dijo con voz suave, "¿me permites unirme a vuestro juego?"

Alessandro asintió con una sonrisa lasciva. Marco se desvistió con parsimonia, revelando un cuerpo esculpido por el arte y la disciplina. Se acercó a Isabella y comenzó a besar su cuello, sus manos acariciando sus pechos con una delicadeza exquisita.

Los tres se unieron en un torbellino de caricias, besos y gemidos. Isabella, entre los dos hombres, se sentía poderosa y vulnerable al mismo tiempo. Los besos de Alessandro eran salvajes y dominantes, mientras que los de Marco eran tiernos y exploratorios. Sus cuerpos se entrelazaban en una coreografía de placer, cada movimiento calculado para maximizar la excitación.

La noche se prolongó en un frenesí de pasión. Sus cuerpos, empapados en sudor, se movían al ritmo de sus jadeos. Los gemidos de Isabella resonaban en las paredes de la mansión, un testimonio de su entrega total. Alessandro y Marco se turnaban para complacerla, llevándola al borde del éxtasis una y otra vez.

Finalmente, agotados pero satisfechos, se desplomaron sobre el diván, entrelazados en un abrazo de tres. La respiración se les antojaba difícil, pero la sensación de plenitud era inigualable.

"Eres una amante excepcional, Isabella," dijo Alessandro, acariciando su cabello.

"Y nosotros somos afortunados de tenerte," añadió Marco, besando su frente.

Isabella sonrió. Sabía que su vida era un juego peligroso, pero el placer que encontraba en sus encuentros con Alessandro y Marco era demasiado adictivo para resistirse.





















 

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